Como día por medio, Nora ingresa al restaurant del British seria y altiva como siempre.
Con su pelo blanco y corto; su piel bronceada –no por el sol del Caribe sino por trabajar en su bello jardín- frena en seco a Ariel , el mozo, cuando intenta llevarla a su mesa habitual ubicada en un rincón, con vista a la puerta vaivén que conduce a la cocina.
Por el contrario, se ubica en el centro del salón, sentándose de frente al área de ingreso. “Espero a alguien” anuncia al aire. Ariel intercambia una mirada de asombro con Marcelo, el otro mozo, y juntos continúan atendiendo a los restantes comensales.
Rondan los 70 años sin embargo, son tan modernos que se conocieron por Internet en una compulsa para comprar antigüedades.En realidad, convergieron en esas páginas por razones muy diferentes: Él porque es anticuario y tiene una tienda en Auckland, Australia. Ella, en cambio, entró en ese mundo por un revés económico que la obligó a vender, dolorosamente y por partes, la querida colección de muñecas de porcelana con trajes típicos de todo el mundo obsequiada por su padre.
Hacía dos años que Nora conservaba su estilo de vida gracias al valor de las muñecas que Duncan, el australiano, le compraba.
Tan habitual se había hecho el trato que comenzaron a chatear con camarita y todo –ya les dije que son muy de avanzada-.
Lo primero que él le dijo en aquella inicial cita cibernética fue:”Como Nora en Casa de muñecas!”.
“Qué?” preguntó ella.
“Nora, como la protagonista de la obra de Ibsen!”.
Ella no permitió que su cara lo demostrara pero lo cierto es que le encantó ese detalle de hombre cultivado.
Vendrán luego las discusiones sobre “something like a sándwich but filled with chuche leche” que era la particular definición de Duncan del alfajor argentino.
Fueron dos años de conversaciones diarias y de ventas periódicas.
Un día el tipeó que ya era hora de que se encontraran en persona. “En tu país o en el mío? Preguntó Nora. “Yo quiero ir a Río Gallegos, a conocer la Patagonia”.
Y esta decisión nos lleva a Nora sentada a una mesa del restaurant del Club Británico, mirando desafiante hacia la puerta de ingreso.
De pronto, lo ve en toda su humanidad, 1.90 m. de gigante australiano envuelto en una bufanda colorida. Se sonríen mutuamente, él se acerca, ella intenta estirarle su mano pero él la ignora y se arroja sobre ella en un abrazo tan fuerte como conmovedor.
Durante el giro que él le hace hacer como pobre víctima de sus emociones, ella ve algo que la fastidia: Un baúl negro que parece de cartón y remite a aquellos de los inmigrantes del 1900.
“No podía este hombre dejar su equipaje en el hotel? –piensa ella- No tiene derecho a avergonzarme así en mi restaurant favorito!”.
Ya sentados el itinerario de la charla y el menú lo plantea él. Le habla de su sensación de maravilla ante el paisaje patagónico , mientras tanto prueba, uno tras otro, los platos más cárneos de la carta del restaurant. Lomo al champignon , bife de chorizo, milanesa completa, todo acompañado por papas en tortilla, fritas y con crema. Ella lo mira con estupor, jamás ha visto a alguien comer tanto y ser tan saludable!
Lo obvio para los observadores, que a esta altura son muchos –porque nunca han visto a Nora tan animada desde su viudez- es que es Duncan quien la dirige y ella se limita a mirarlo con ojos cálidos y risa fácil.
En un momento ella vuelve en si –esto es: a la Nora de todos los días- y le recrimina:”No podrías haber dejado tu maleta gigante en el hotel? Con qué necesidad la traes aquí?”.
Era el pie que Duncan esperaba… En un rápido movimiento hizo saltar el frente del baúl descubriendo a las amadas muñecas de Nora ubicadas, confortablemente, en estantes especialmente construidos para ellas.
Ella, como al borde de un desmayo, se arrodilló frente a las repisas murmurando:”Mi holandesa!, la indostánica, la francesa!”.
Duncan desciende sus alturas para acercarse más a esa mujer pequeña, frágil y llorosa. “It’s for you! Para ti. I’ love you. Marry me. Cásate conmigo, Nora –le dice en un español atravesado- Tú y tu casa de muñecas”.
Nora recupera la compostura para salir de la contemplación de sus tesoros vendidos. Ayudada por las manos grandes y generosas de su pretendiente australiano se pone de pie, se seca los ojos y le espeta a su galán maduro:”Dulce de leche!”
El pobre, acostumbrado a las rígidas lecciones de su novia argentina, frunce los labios, se concentra, modula y larga “Chuche leche!”Baja la cabeza porque sabe que ha fracasado una vez más.
Ella le levanta el enorme mentón, dice “Vos sos un dulce de leche” y lo besa. Si esto fuera una película, los restantes comensales habrían estallado en un aplauso.
Como esto es, simplemente, una de las muchas historias que ocurren en el British nadie aplaude.
Lo que sí podemos decir es que todos se levantan para ver de cerca las mentadas muñecas. “No, señor, no vende nada! Nora y casa de muñecas es mío!”.
Duncan es taaaan papelonero a veces.





