RSS
 

MUÑECAS EN EL BRITISH: COMO EN CASA

29 Sep

Como día por medio, Nora ingresa al restaurant del British seria y altiva como siempre.

Con su pelo blanco y corto; su piel bronceada –no por el sol del Caribe sino por trabajar en su bello jardín- frena en seco a Ariel , el mozo, cuando intenta llevarla a su mesa habitual ubicada en un rincón, con vista a la puerta vaivén que conduce a la cocina.

Por el contrario, se ubica en el centro del salón, sentándose  de frente al área de ingreso. “Espero a alguien” anuncia al aire. Ariel intercambia una mirada de asombro con Marcelo, el otro mozo, y juntos continúan atendiendo a los restantes comensales.

Rondan los 70 años sin embargo, son tan modernos que se conocieron por Internet en una compulsa para comprar antigüedades.En realidad, convergieron en esas páginas por razones muy diferentes: Él porque es anticuario y tiene una tienda en Auckland, Australia. Ella, en cambio, entró en ese mundo por un revés económico que la obligó a vender, dolorosamente y por partes, la querida colección de muñecas de porcelana con trajes típicos de todo el mundo obsequiada por su padre.

Hacía dos años que Nora conservaba su estilo de vida gracias al valor de las muñecas que Duncan, el australiano, le compraba.

Tan habitual se había hecho el trato que comenzaron a chatear con camarita y todo –ya les dije que son muy de avanzada-.

Lo primero que él le dijo en aquella inicial cita cibernética fue:”Como Nora en Casa de muñecas!”.

“Qué?” preguntó ella.

“Nora, como la protagonista de la obra de Ibsen!”.

Ella no permitió que su cara lo demostrara pero lo cierto es que le encantó ese detalle de hombre cultivado.

Vendrán luego las discusiones sobre “something like a sándwich but filled with chuche leche” que era la particular definición de Duncan del alfajor argentino.

Fueron dos años de conversaciones diarias y de ventas periódicas.

Un día el tipeó que ya era hora de que se encontraran en persona. “En tu país o en el mío? Preguntó Nora. “Yo quiero ir a Río Gallegos, a conocer la Patagonia”.

Y esta decisión nos lleva a Nora sentada a una mesa del restaurant del Club Británico, mirando desafiante hacia la puerta de ingreso.

De pronto, lo ve en toda su humanidad, 1.90 m. de gigante australiano envuelto en una bufanda colorida. Se sonríen mutuamente, él se acerca, ella intenta estirarle su mano pero él la ignora y se arroja sobre ella en un abrazo tan fuerte como conmovedor.

Durante el giro que él le hace hacer como pobre víctima de sus emociones, ella ve algo que la fastidia: Un baúl negro que parece de cartón y remite a aquellos de los inmigrantes del 1900.

“No podía este hombre dejar su equipaje en el hotel? –piensa ella-  No tiene derecho a avergonzarme así en mi restaurant favorito!”.

Ya sentados el itinerario de la charla y el menú lo plantea él. Le habla de su sensación de maravilla ante el paisaje patagónico , mientras tanto prueba, uno tras otro, los platos más cárneos de la carta  del restaurant. Lomo al champignon , bife de chorizo, milanesa completa, todo acompañado por papas en tortilla, fritas y con crema. Ella lo mira con estupor, jamás ha visto a alguien comer tanto y ser tan saludable!

Lo obvio para los observadores, que a esta altura son muchos –porque nunca han visto a Nora tan animada desde su viudez- es que es Duncan quien la dirige y ella se limita a mirarlo con ojos cálidos y risa fácil.

En un momento ella vuelve en si –esto es: a la Nora de todos los días- y le recrimina:”No podrías haber dejado tu maleta gigante en el hotel? Con qué necesidad la traes aquí?”.

Era el pie que Duncan esperaba… En un rápido movimiento hizo saltar el frente del baúl descubriendo a las amadas muñecas de Nora ubicadas, confortablemente, en estantes especialmente construidos para ellas.

Ella, como al borde de un desmayo, se arrodilló frente a las repisas murmurando:”Mi holandesa!, la indostánica, la francesa!”.

Duncan desciende sus alturas para acercarse más a esa mujer pequeña, frágil y llorosa. “It’s for you! Para ti. I’ love you. Marry me. Cásate conmigo, Nora –le dice en un español atravesado- Tú y tu casa de muñecas”.

Nora recupera la compostura para salir de la contemplación de sus tesoros vendidos. Ayudada por las manos grandes y generosas de su pretendiente australiano se pone de pie, se seca los ojos y le espeta a su galán maduro:”Dulce de leche!”

El pobre, acostumbrado a las rígidas lecciones de su novia argentina, frunce los labios, se concentra, modula y larga “Chuche leche!”Baja la cabeza porque sabe que ha fracasado una vez más.

Ella le levanta el enorme mentón, dice “Vos sos un dulce de leche”  y lo besa. Si esto fuera una película, los restantes comensales habrían estallado en un aplauso.

Como esto es, simplemente, una de las muchas historias que ocurren en el British nadie aplaude.

Lo que sí podemos decir es que todos se levantan para ver de cerca las mentadas muñecas. “No, señor, no vende nada! Nora y casa de muñecas es mío!”.

Duncan es taaaan papelonero a veces.

 

 

 
 

“NUESTRA PROPIA REVOLUCIÓN”:UNA HISTORIA DE AMOR

16 Ago

Los tiempos eran distintos, nadie vivía “sin papeles” con el ser amado sin ser señalado, no existía la ley de divorcio y, mucho menos, estaba bien vista una relación en la que hubiera una importante diferencia de edad. Sin embargo, ellos se enamoraron. Fueron y vinieron entre prejuicios y malas caras hasta el momento de tomar la GRAN DECISIÓN.

Ellos trabajaban juntos, en distintos horarios  pero juntos en el sentido de los que se aman y buscan coincidencias, y acordaron encontrarse a almorzar en el restaurant del British..

El día anterior,él le escribió una carta : “Con todo esto que nos pasa siento que un montón de perritos chihuahuas nos muerden los talones y no me parece justo que esos pequeños mordiscos sean la causa de nuestra tristeza. Creo que es hora de hacer nuestra propia revolución”.

Y con esas líneas en la mente se sientan frente a frente para comer y hablar de ese amor loco , desesperado y condenado por la sociedad.

Ël le cuenta de la casa que ha alquilado, de las posibilidades de casamiento vía diplomática (para conformar a la familia), de los pasajes comprados para escapar del dolor de no estar juntos…

Los tiempos eran diferentes, ella estaba en los 20 y él en los 40 y la gente los miraba con desaprobación. Cuando iban al cine, el boletero aclaraba: “Mire que esta película es prohibida para menores de 18… Su hija trajo documentos?”. Y el novio-amor-señor mayor tenía que hacer las aclaraciones del caso.

Pero volvamos a la escena en el Club Británico: Hace un año que están juntos, ya los han juzgado y condenado, sobre todo a ella que, de pronto, hasta se ha quedado sin familia.

Quedan 20 minutos para que ella vuelva a la radio a hacer un informe horrible sobre la caída de un avión en Ushuaia, sin pasajeros sobrevivientes y ella conocía a uno de ellos. La tensión vivida la hizo llorar junto al jefe de Informativo y todavía tiene los ojos colorados. No es momento para declaraciones amorosas pero, así, de la nada, le dice a él –que ha estado besándola con los ojos durante toda la comida- -“Ok, nos merecemos nuestra propia revolución.”

Y fueron felices… Un tiempo, ya se sabe que nada es para siempre.

Veinticinco años más tarde la vida los encuentra de nuevo en el restaurant del British. Es que Juanita, la hija en común (porque hay otros de un lado y del otro) se casa tras dos años de convivencia y hay que acordar los detalles de la boda.

Él llega tarde –“Como siempre- piensa ella- y le pregunta :”Qué es eso tan rico que estás comiendo?”. Ella le cuenta que se trata de una suprema grillada y ensalada griega y él, que es un poco pollerudo, llama a Ariel y pide lo mismo.

Mientras hablan del casamiento -”El catering va a ser de Río Dulce”- dice ella y él aprueba.Las miradas van y vienen.

-“Fue aquí!!- Dice él.

-“Qué cosa?”- Responde ella haciéndose la distraída. Se ha quedado viuda hace unos meses y , la verdad sea dicha, no está de humor para recordar viejos tiempos.

-“Nuestra propia revolución!”- Dice él que hace dos días ha terminado su enésima relación que, como todas las anteriores, lo deja sin casa, en bancarrota y lleno de problemas.

Ella está en los 40 y él en los 60 y es como si fuera ayer. Pide permiso y se sienta al piano y toca “You were allways in my mind” pero no en la versión de Elvis Presley, le agrega arreglos y –piensa ella- “se hace el sexy”.

Unas señoras de la vieja guardia (bah, de la edad del pianista) cantan y lo aplauden.

Cuando vuelve a la mesa, ella está un poco avergonzada pero él, que la besa con la mirada como hace 25 años, no se inmuta y pide una tortilla de manzana quemada al rhum.

Llega el café y la hora de irse. “-Te llevo? Tengo la camioneta en la playa de estacionamiento”.- “-No, gracias, tengo mi auto en la esquina.”-

Chau, chau. Pero cuando caminan rumbo a sus vehículos cada uno piensa en el otro. “You were allways in my mind”. Quien sabe, a lo mejor resulta bien.

 

 

 

 

Carnes y minutas en el British:Tradición y calidez

01 Ago

Hay sabores queridos que remiten a la infancia, a momentos felices, a situaciones  particulares, en fin, recuerdos que se paladean. De allí lo inteligente del capítulo Carnes y minutas de la nueva carta del restaurant del Club Británico que reúne la memoria del gusto tradicional.

Hay unos hermanos cocineros que siempre cuentan que, cuando eran chicos, su padre –un alemanote de buen comer- los llevaba a distintos restaurants de Buenos Aires y , según fuera la época de “buen pasar” o de “vacas flacas”, los dirigía a la hora de elegir el menú :”Columna de la derecha” o “Columna de la izquierda”.

Si las cosas andaban bien, los chicos elegían lo que querían leyendo el lado izquierdo y sino, debían consultar los valores de cada plato para que el cabeza de familia no tuviera que saldar la deuda lavando los platos como en los viejos dibujos animados.

En el British esta estrategia del noble alemán no es necesaria: toda la oferta es riquísima y al precio justo.

Desde los lomos a la pimienta y al champignon (dos pesos pesados de la gastronomía local) hasta las milanesas, tanto la clásica como la napolitana, pasando por el argentinísimo bife de chorizo y la suprema grillada para los que se cuidan, la lista está repleta de gratos recuerdos gastronómicos.

Si no lo creen, pasen y vean:

-Lomo al champiñón

-Lomo a la pimienta

-Lomo al verdeo

-Bife de la barra

-Bife de chorizo o lomo grille

-Petit bife

-Milanesa de ternera

-Milanesa a la napolitana

-Milanesa completa

-Suprema de pollo grille

Por supuesto, en esta oportunidad va sólo un lado del menú porque lo dicho: de la columna derecha no hay que preocuparse.


 
1 Comment

Posted in La carta

 

AMIGAS PARA SIEMPRE O AMIGAS DESDE SIEMPRE?

18 Jul

Vamos a decir la verdad… No son amigas de intercambiar visitas. No conocen la casa de la otra. Lo cierto es que han sido compañeras de escuela cuando eran muy, pero muy chiquitas y la vida las ha reunido en algunos acontecimientos. Una le mostraba a la otra sus hijos, lo que se acababa de comprar, la sentencia de divorcio y así…

Julia y Marian... años atras.

Julia y Mariana... años atrás

Mariana viene de hacer un safari por todas los comercios de la ciudad en busca del “VESTIDO” para Macarena  (15 años, delgada a más no poder, rubia y malhumorada, lo único que ha heredado de su madre son los ojos verdes pero… con un toque gélido.) porque, dentro de dos meses tiene un “quince”. Detrás aparece Ezequiel, el último marido (sponsor?) de Mariana: Joven (más que ella), bronceado en invierno y celu-dependiente como Macarena.

Se cruzan en el hall del restaurant del British Club y ahí comienza, en realidad esta historia…

“Julita!”

“Mariana!”

Abrazo interminable ante la mirada inquisitiva del resto de los familiares, presurosas presentaciones y la decisión de compartir mesa porque “-Hace tanto que no nos vemos!-

Macarena mensajea:”Embole total: Comida con mamá, el chongo y amigos de ella.Help!”

Se sientan, los gordos de Julia asaltan la panera. Los respectivos maridos intentan interactuar sin éxito… Es que uno es futbolero y el otro, en cambio, no sabe ni quien es Messií; uno es PRO, el otro K; uno ama, el otro invierte, en fin, la conversación va en pendiente rumbo al silencio.

A los chicos no les va mejor… Matías y Sebastián se empujan y golpean los hombros, esas pavadas que hacen los hombres cuando están en presencia de una linda chica. Maca los ignora sumergida en la pantallita de su celular. El punto máximo llega cuando los gorditos pliegan las servilletas , hacen “el truco del corpiño y la bombacha” y se las apoyan en la frente. Se ve que están realmente intimidados. Macarena mensajea “Comiendo con losers.”

El parloteo interminable viene de las dos madres… Hablan de su prehistoria: Todas las frases van precedidas de un “Te acordás?” y acompañadas de risotadas.

-“Cuando hicimos ballet?”-

-“Yo era la rosa!”-

-“Yo la verde!”-

-“Bailamos horrible!”-

Hasta cuando viene Marcelo Solís con los platos, siguen chusmeando…

-“Marcelo no era mozo en…? Te acordás?”-

-“Callate!”-

Y de pronto, tal vez producto de la rica comida del British, los demás comensales se integran a la charla. Ezequiel  y Carlos descubren que tienen en común el hobby de la carpintería y resuelven intercambiar herramientas y técnicas.

Macarena se da cuenta de que los gorditos, aparte de tener unos ojos grises “increíbles”-según dice en un mensaje del celu-, van al mismo club que ella, entonces baja las defensas y permite que la entretengan con sus pavadas y su mirada buena.

Julia y Mariana miran a su alrededor y ven claramente el cambio. Ya pasaron por los postres y el cafecito. Hay que despedirse. Luego de anotar teléfonos, direcciones y promesas salen del restaurant del bracete, como cuando eran chicas y salían al recreo a jugar a la ronda de “Dicen que Santa Teresa” la que tenía ese bailecito ridículo de “ay chumba caracachumba”.

Se abrazan en un abrazo largo y sincero. “Feliz día del amigo!”. Bueno, “de la amiga”.

Las respectivas familias acuerdan encontrarse cada fin de semana en el British. Qué buena idea!

Macarena mensajea:”Tengo nuevos amigos. Feliz día a todos!”.

 

FOTOS ROBADAS: UNA DE PELÍCULA!

29 Jun

La situación fue más o menos así… Corría el año 1990 y el corresponsal local de un diario nacional que un expresidentes nombra a cada rato acompañado del interrogante “Estás nervioso?” se encontraba tomando un cafecito en la barra del British Club.

Le llamó la atención un grupo de gente variopinta que comía y reía, literalmente, en varios idiomas. Inquisitivo como su profesión lo requiere, el periodista consultó al bartender.”No sé –dijo dubitativo- creo que son unos gringos que vienen a hacer una película. Escuché que van a alquilar el edificio del Correo.” El edificio del correo, nada menos! Extranjeros tenían que ser para ser tan audaces!

Los íconos del cine de montaña en el British Restaurant

Una rápida mirada puso al cronista en situación: Reconoció sentado a la mesa al hombre que había conquistado el corazón de la hija del mítico Henry Fonda, en los tiempos en los que la conocían como “Hanoi Jane” por su posición condenatoria contra la guerra de Vietnam. Era Donald Sutherland , militante antibélico e inolvidable protagonista de “El invierno de nuestro descontento”, “Casanova”, “Novecento” y tantos éxitos de taquilla. Alto, canoso y simpático, analizaba la carta de vinos y en un castellano atravesado intentaba explicarle al mozo que quería vino “negro”, “sino negro no vale” afirmaba y el productor colombiano se burlaba de él tirándole de los bigotes e intentando besarle sus mejillas flacas.

Más mesurado y con mejor manejo del idioma se destacaba en el grupo otro hombre alto y delgado, con sonrisa y pelo amarillos. Tenía un mapa en sus manos y una preocupación que le fruncía la frente: “Fitz Roy es Chaltén?”- preguntaba sin que nadie respondiera. “No Fitz Roy, cerro Torre, destino es Torre”-repetía con vehemencia. Werner Herzog , en su pasión por América, reflejada en “Aguirre, la ira de Dios” y “Fitzcarraldo” , había descendido por el mapa hasta llegar a Río Gallegos en busca de la historia de conquistadores de altas cumbres.

Reconocida como La primer película de montaña a nivel internacional

La única mujer de la mesa parecía una ninfa vestida “de civil” que hablaba sólo en francés y comía ensaladas verdes. Delgadísima y frágil, su figura emergía de un cúmulo de prendas de lana que no alcanzaban para aplacar el temblor que el frío imprimía a su mentón. Era Mathilda May que, años después, sería arrojada a la fama por la película  “La teta y la luna”.

Eran de la partida, además el italiano Vittorio Mezzogiorno y el austríaco Stephan Glowacz quien, a pesar de que la cámara adoraba sus afiladas facciones, prefería el noble anonimato que le permitía ser doble de riesgo de grandes estrellas como Sylvester Stallone, Roger Moore y Pierce Brossman.

Un teléfono sonó justo a tiempo y en cinco minutos llegó un fotógrafo que, armado con una Nikkon, ametralló con flashes a los ilustres comensales del Británico.

Cuando se apagó  el último resplandor, un metro 95 de humanidad emergió de un salto de la mesa de celebrities. La inconfundible voz de Donald Sutherland se alzó indignada:”No, no, señor. Así no!”

Y lo que pareció el prolegómeno de una fuerte discusión terminó en una afable mesa compartida con el periodista y el reportero gráfico.

La nota sobre el inminente rodaje “Grito de piedra” –exclusiva- salió en el diario con nombre de instrumento musical y tuvo eco en la prensa internacional.

Sobre lo que vino después no hay más certeza que la de que la filmación, planificada para dos meses, se extendió a cuatro; que Stephan Glowacz –capaz de escalar cualquier pared con salientes de al menos tres milímetros- trepó sobre las recién construidas instalaciones de Telefónica de Argentina y que el Correo Argentino fue cercado y cerrado en día de semana para fingir (fake, you know) que Sutherland hablaba desde una antigua cabina telefónica. El resto es leyenda… Dicen que un día el pueblo de El Chaltén quedó sin luz y Werner Herzog hizo traer la válvula faltante desde Alemania. Que Brad Dourif (la inconfundible voz de Chucky) quedó aislado durante una noche en una de las resbaladizas laderas del Torre con peligro de morir congelado. Que el conquistador de cumbres por excelencia, Cesare Maestri “la araña de las Dolomitas” –en quien se basa el guión- no quiso volver al cerro por miedo a la emoción. Que Chabela Vargas –en un increíble rol de sacerdotisa azteca- no quiso arriesgarse a venir “taaaan lejitos” e hizo sus escenas muy lejos de aquí. Y tantas, tantas otras historias que alimentan el mito…

La crítica cinematográfica fue bastante indiferente con la creación de Herzog, estrenada en 1991, y sólo habló de lo muy vestida que salía Mathilda May y de lo banal  de la trama (como si eso de conquistar montañas fuera cosa fácil!).

Sin embargo, para los entendidos “Grito de piedra: El reto del Torre” es la primer película que refleja cabalmente al montañismo, al desafío que enfrentan los escaladores, ese duelo “cuerpo a cuerpo” del hombre frente a una cúspide que lo reta a alcanzarla como una mujer deseable.

Sobre que comió esta conspicua gente de cine aquella noche en el Británico hay tantas versiones como copias de la película. Lo que sí es seguro es que si regresaran disfrutarían de la carta actual porque, como ellos, es de película!.

 

Literato y gourmand: Bruce Chatwin en el Británico

16 Jun

Bruce Chatwin

Mirada intensa y las botas que dejaron huella en el Club Británico de Río Gallegos.

A mediados de la década del 70 Bruce Chatwin llegó a la Argentina en busca de una historia que después mostraría a Europa aspectos poco conocidos del pasado patagónico.

Esa búsqueda lo trajo a Río Gallegos en donde se hizo habitué del Club Británico. Rubio, delgado, su indumentaria se acercaba más al look de un montañista cool que al de un escritor. Sus pesadas botas hacían crujir las antiguas maderas del piso del salón en donde le gustaba leer y reunir las pistas de ese rompecabezas que devendría en ese atrapante diario de viaje llamado “In Patagonia”.

Aquella obra genial fue crucial para dar un halo de enigma y magnetismo a la ya entonces –a los ojos del viejo mundo- exótica tierra del sur argentino. Chatwin supo perfilar como pocos un cúmulo de figuras en el que compartieron espacio geográfico el rey francés de la Patagonia y la Araucanía  y audaces bandoleros norteamericanos y en el que compitieron en terror inhallables monstruos prehistóricos y la represión en las huelgas del ‘21.

Cuentan que una tarde en el Club Británico, en donde el escritor inglés había encontrado su lugar en Río Gallegos, le bastó para interiorizarse de los escritos  de Osvaldo Bayer y los hechos que hicieron trágica a la Patagonia.

Hasta aquí nada nuevo bajo el sol, nada que no supiéramos, lo que si se reveló hace poco a través de la biografía escrita por Susannah Clapp es que Bruce Chatwin, aparte de arqueólogo, ameno narrador y especialista en antigüedades, era –como si fuera poco- un gourmand a quien le gustaba sorprender a sus invitados con recetas de su propia cosecha.

Durante su estancia en la Argentina se convirtió en fan de las carnes locales, las que probó en un conocido restaurant caracterizado por la presencia de una vaca disecada que oficiaba como anfitriona. También, dicen, degustó los legendarios pucheros de “EL tropezón” y papas fritas y soufflés en los “palacios” que tan populares eran entonces.

Más allá de su experiencia como degustador, le agradaba cocinar (y comer, claro) pescados finamente saborizados como, por ejemplo, el lenguado al limón. Sin embargo, su historia de cocinero tuvo algunas gaffes como , según recuerda su amigo Francis Wyndham, un postre de frutos rojos que ,según su descripción, “si bien tenía un maravilloso color malva se convirtió en una baba que no tenía gusto a nada”.

Víctima de uno de los más grandes flagelos de nuestro tiempo, Chatwin murió en 1989 en el sur de Francia, tierra de los vinos rojos que regaban sus comidas favoritas. Su prematura desaparición le impidió regresar al Club Británico de Río Gallegos, su temporario refugio patagónico en los ‘70. Lástima, porque de haberlo hecho podría haber probados los pescados y mariscos  que elige el chileno José Cuyul. Qué pena, porque podría comer salmón en salsa de champagne y azafrán con risotto de verduras . Eso sí, podria salvar su fracaso gastronómico con un postre similar al que trató de hacer para sus amistades: “Laguna Azul” que no es otra cosa que un volcán de chocolate, sabiamente acompañado por un coulis de frutos del bosque y una generosa  bocha de helado de crema americana. Le habría encantado…

 

Ernesto se porta mal

15 Jun

El Plato de Ernesto

Ernesto Gracejo, mayor de edad, contador público nacional  y propietario de una próspera consultora tiene un largo día libre en Río Gallegos, sólo porque su avión sale recién a la madrugada. Ha terminado ayer su trabajo para una importante empresa petrolera y hoy ha dedicado la mañana a comprar artículos regionales para su pequeña familia de tres a saber: el mismo, su esposa Flor (“Ernesto que horror! No digas esposa!”) una chica de country  y su hijo Matías, un chico mimado.

Pasa por el banco, cuyo nombre es un gentilicio que alude a una nacionalidad que le es ajena, y tras depositar un par de cheques se atreve a preguntarle a la encargada de la caja VIP, una morocha alta con una sonrisa en la que relucen brackets, sobre algún buen lugar para comer. Ella, con su amable relampagueo metálico a flor de labios le recomienda  que cruce y se interne en el restaurant del Club Británico. “Qué casualidad, otro gentilicio! Y podré entrar? Digo… con estas cejas!”. Gracejo, como sus fuertes facciones indican, desciende de españoles y quiere hacerse el gracioso  solo para aprovechar que no está cerca su señora de barrio cerrado para decirle “Qué horror, Ernesto!”. La cajera le clava una mirada oscura y le devuelve una sonrisa de compromiso, sin brillo alguno.

Atraviesa la calle y le gusta la fachada del edificio, se acerca al atril ubicado y en la entrada y se pone a hacer lo que le está prohibido en Buenos Aires: Leer la carta antes de ingresar para ver los precios, para saber que hay (“Qué horror, Ernesto!”).

Le gustan a Ernesto los sabores de su infancia, aquellos inculcados por su galaica abuela alegre y caderona. Por eso le gusta lo que lee y entra sonriente, como riéndose solapadamente de una travesura recién cometida.

Cómodamente instalado comienza con una porción doble de rabas fritas (“Doble! Qué horror, Ernesto!”).y mientras come no se priva de conversar con el mozo –que se llama Ariel, ya se lo ha preguntado-  sobre detalles de cocina, que si ajo sí o ajo no, que si oliva que si neutro, limón verde o amarillo… Esas pequeñas cosas que lo hacen feliz (“Qué horror, Ernesto!”), como lo hace feliz continuar con salmón rosado en papillote (”Se dice papiot, Ernesto, no me hagas pasar vergúenza!”) con hierbas y brócolis gratinados para luego darse el gusto de felicitar al chef que se llama Lucas Caro (“Vas a preguntarle el nombre a todos? Qué horror, Ernesto!”).

Lamenta Gracejo no poder probar los postres pero años de comida light le han reducido el estómago y pide la cuenta resistiendo la tentación de hacerlo agitando la mano en el aire como dibujando con un lápiz imaginario, en un gesto que tanto horroriza a Flor. –“Ay, Ernesto, qué mal te estás portando!”- dijo para sí y sintiéndose pleno de regocijo y, por supuesto, de comida rica caminó la calle Roca rumbo a su hotel y una gratificadora siesta. A una cuadra ya se descubrió pensando en lo que iba a comer esa noche, otra vez en el restaurant del Club Británico y con éstas cejas! “Qué horror, Ernesto!” diría su mujer que lo espera mañana en un lejano country.

 

Bienvenido al BLOG del BRITISH RESTAURANT

30 Abr

Estimados Amigos, nos complace presentarles el Blog de nuestro Restaurant.

Esperamos que éste sea un espacio dinámico para mantenerlos informados sobre nuestras actividades, novedades, y sobre  temas vinculados a la gastronomía regional; pero también un espacion original en el que podrás descubrir interesantes detalles de la historia del  Restaurant del British, a partir de originales narraciones.

Te invitamos a formar parte de este espacio.

Gracias por elegirnos.

Romina A. y ALejandro A.